domingo, 16 de diciembre de 2012

Por la universidad pública


Por la universidad pública

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Hace unas semanas escribí acerca de la universidad pública y la necesidad de su rescate. Ello motivó  una  réplica de mi amigo, José Ignacio López Soria, filósofo y ex rector de la UNI. Sobre el tema, me parece  oportuno precisar algunos aspectos de mi texto, habida cuenta de la extrema importancia  de la institución universitaria estatal  para el desarrollo del país y  la consiguiente  realización de  miles de jóvenes.  
Eso no implica, en absoluto, que ignore los tremendos males que padecen las universidades privadas,  aun aquellas llamadas  “de excelencia”.   Sobre eso  no deben plantearse pues insinuaciones que conduzcan a graves malentendidos.
He de señalar, que desde mi óptica la universidad pública es tan importante como la privada,  y de pronto lo es más.  Académica y científicamente necesitamos que ella sea un auténtico centro de transmisión y recreación de conocimientos y  lugar eficiente de formación de nuevas generaciones honestas de profesionales, pensadores y científicos.  A ello ha de añadirse su enorme importancia social pues ha de ser un espacio privilegiado  de inclusión e integración  donde se  geste una ciudadanía  plena,  tolerante, respetuosa, igualitaria.  
Ahora bien, una de las primeras formas de servir a la Universidad pública es reconocer  sus falencias sin ambages.  Hacerlo no constituye un “lugar común” sino más bien  el primer paso para un gran esfuerzo nacional y estatal de su recuperación.  La orfandad de apoyo estatal efectivo es, evidentemente,  una de esas debilidades.  Mas no cabría ignorar otros problemas que si bien se hallan  vinculados con su precariedad material,  la  trascienden.  Me refiero,  entre otras,  a la innegable “politización” que ella, desde hace largo tiempo,  padece.  Queda  claro que la Universidad tiene un papel que cumplir en la vida política del país y resulta  muy saludable que en ella se debata y se reflexione sobre nuestros asuntos públicos.  Mas  cuando esa dimensión política asume  la forma de radicalismos sectarios  e intolerantes o sirve de disfraz,  nada transparente, para compromisos turbios que permitan llegar al poder institucional, entonces la Universidad no sólo deja  de cumplir su función sino que  desnaturaliza  el sentido de la auténtica  política.
Hay pues  que pensar la Universidad pública desde dentro. En los organismos multilaterales como la Unesco se han acuñado algunos conceptos que valen como horizonte normativo – “calidad, pertinencia y equidad”– pero ellos sirven de muy  poco  si no los situamos en nuestra realidad. Habría  que hacer de esas categorías puntos de partida de una reflexión crítica, analizar lo que ellas significan  en una situación como la que vivimos y,  por tanto,  evitar el  caer en su  uso reiterado  como simples rótulos que señalan un punto de llegada pero que no ayudan a trazar el camino para alcanzarlo.
A tal tarea se ha dedicado, desde hace algunos años, el Instituto de Estudios Universitarios (INESU),  esforzándose por articular una ley universitaria que parta de  un diagnóstico serio de  la universidad peruana en general, para de allí, esbozar la ruta que nos conduzca a estándares internacionales. Es un esfuerzo que, estoy seguro, el doctor López Soria conoce y aprecia.  Creo que coincidirá conmigo en que conviene seguir tal camino para  así ofrecer  a nuestros  jóvenes  la universidad que ellos merecen.

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